A mitad del paseo por el MIO decidimos bajarnos, pese a las recomendaciones de todos con quienes conversamos, en pleno centro de la ciudad y al anochecer. Era una tremenda feria, como la Uyustus o la Cancha en navidad, con decenas de miles de personas pululando, vendiendo contrabando, CDs piratas, fuegos artificiales, uvas, escobitas, pollos asados, manga con limón y sal, ropa, en fin todo lo que podrías imaginar. Por supuesto muchísimos carteristas y malentretenidos (jajaja), que por suerte no se percataron de nuestra presencia. Con la explosión de un cohete matasuegras, que hizo correr a más de uno, despertamos y nos fuimos apurados a la estación del MIO.
Como no pudimos comprar la cena de año nuevo, nos fuimos al enorme supermercado La 14. Allí nos enloquecimos y casi gastamos todo nuestro dinero en bebidas y comida. Al darnos cuenta del costo del pernil (como $us. 18.- la libra) que iba a dejarnos sin comer varios días, decidimos comprar carnes frias y dejar a la señorita envolvieno nuestro carísimo pedido. Igual pagamos mucho por la pata de elefante de aguardiente, los vodkas proparados (tipo Listo), el pan y los aderezos.
Llegamos al hostel, donde los huepedes ya llevaban unas cuantas copas encima, nos sumamos alegremente y terminamos de emborracharlos jugando cultura chupistica en 3 idiomas, y brindando al estilo tarijeño. Mourant, el frances, cayó ebrio al otro lado del jardín; Danielle, una gringa con peluca rosada, alias la pinky, vomitó todas las gradas, rompió los vasos y se durmió en la sala con la tele prendida. Junto a otros/as gringos, colombianos, japonesas, israelíes, franceses y daneses, festejamos las 12, con los fuegos artificiales que compramos en el centro, vino, champán, vodka, cerveza y whisky. Luego nos fuimos con los menos ebrios a un salsodromo, donde no dejaron entrar a algunos por tener bermudas, así que volvimos al hotel a completar la noche con cervezas.
El 1º de enero, con un chaki galopante, fuimos al zoológico para que nos vieran los animales. Nos vieron los canguros, los leones, las ranas venenosas, las cebras, las anacondas, los flamencos, los simios, los avestruces y los hijos de las familias de visitantes, entre otros animales salvajes. Luego subimos a San Antonio, el lugar más bonito de Cali, con su parque e iglesia en una loma desde donde se divisaba gran parte de la ciudad. En los alrededores existen pubs, restaurantes, cafés y heladerías en casitas antiguas ubicadas en calles estrechas y limpias.
Con los gastos añonueveros, no nos quedó más que despedirnos de nuestros asustados compañeros de hostel (por los papelones cometidos) e irnos a Pasto, al sur de Colombia, donde casualmente (¿o no?) comenzaría el carnaval a nuestra llegada.
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